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Poema de Caperucita Roja Sergio Laignelet como el Lobo Feroz Poema de Caperucita Roja





































CAPERUCITA ROJA


Caperucita
con falda corta
en los ojos del lobo

el lobo
con destreza
maniobra su ganzúa
mientras
ruedan manzanas desde la canasta

días después
vuelven al bosque 

para mantener el cuento
.
.
.
.
.
EL GATO CON BOTAS


El gato se deja de cuentos
y empuña el látigo

suenan cintarazos

acto seguido
el Marqués de Carabás
sin chistar
relame el cuero de sus botas
.
.
.
.
 


LOS TRES CERDITOS


Los tres cerditos
caminan rumbo a sus casas
vestidos con pantalón corto

luego
atados sobre la cama de un motel
con los pantaloncitos rodeándoles los tobillos
echan a llorar

mientras tanto
exhausto y sin aire duerme el lobo
.
.
.
.
.
BARBA AZUL


Barba azul se acuesta junto a su esposa

le besa el cuello
el mentón
la boca

rodea con sus brazos el cadáver
y reanuda la fiesta nocturna
.
.
.
.
.
CENICIENTA


Cenicienta baila
con el príncipe heredero

el príncipe le susurra
palabras dulces al oído

a continuación
una por una
caen del techo 
las prendas que viste Cenicienta 
.
finalmente cae un zapato
.
.
.
.
.
LA LIEBRE Y LA TORTUGA


Suena el silbato
y la liebre deja una estela de polvo

corre
da la vuelta a la granja
y se aproxima a la línea de meta

divisa a la tortuga sobre la misma
y da por perdida la carrera

su rival permanece inmóvil
.
.
.
.
.
Malas lenguasPoema de Caperucita RojaPoema sobre Caperucita RojaPoemas de gatos
.
.
.


(Remembering in London, noviembre de 2016)

SERGIO LAIGNELET Y EL EFECTO KULESHOV
Marta Moreno 


"Los tres cerditos
caminan rumbo a sus casas
vestidos de pantalón corto"


En 1964 Fletcher Markle entrevistó a Alfred Hitchcock para la CBS. En esta conversación el gran maestro explica el efecto Kuleshov o cómo crear suspense combinando las imágenes adecuadas. Imaginemos un primer plano de un hombre de mediana edad. A continuación, la cámara nos muestra a una madre jugando con su hijo en el parque. Y de nuevo podemos ver al hombre, que reacciona ante lo que ve con una sonrisa llena de bondad. ¿Pero qué ocurriría si la cámara mostrara a una chica en bikini en lugar de la madre con su hijo? ¿Qué veríamos en la sonrisa del hombre? Probablemente, la mueca de un pervertido.

El artista holandés Erwin Olaf nos invita a mirar a través del ojo de dos cerraduras. A través de la primera podemos ver a un hombre de unos cuarenta años con un niño sentado en su regazo. Le está leyendo un cuento y al mismo tiempo acaricia su pelo con lentitud. La escena es turbadora, probablemente por el contraste entre la aspereza de las manos huesudas del hombre y la suavidad de la piel infantil. Pero si miramos a través de la segunda, veremos al mismo niño sentado en el regazo de una mujer de rasgos maternales. La acción es la misma, pero sus gestos desprenden calidez y afecto.

El poeta colombiano Sergio Laignelet nos perturba con sus “Cuentos sin hadas”, una colección de poemas en los que distorsiona el reconfortante mundo de los cuentos de antes de dormir. En tan solo unos versos y con una asombrosa economía verbal, Laignelet consigue despertar nuestras más oscuras pesadillas. Todo comienza con una idea, la semilla de una historia. El proceso creativo es lento y casi doloroso, con innumerables versiones que serán sometidas al ojo crítico de su compañera Fernanda, testigo de la evolución de una narración cocinada a fuego lento hasta quedar reducida a un puñado de palabras que tienen el efecto de un puñetazo en el estómago.


“luego
atados sobre la cama de un motel
con los pantaloncitos rodeándoles los tobillos
echan a llorar

mientras tanto
exhausto y sin aire duerme el lobo”


Finalmente, Sergio imprime el poema y lo archiva en un cuaderno que se hizo hace años con las botas de montar de su hermana.

Inquietante.

***

Moreno, M. 4 de noviembre de 2016. Sergio Laignelet y el efecto Kuleshov. Remembering in London. 
Recuperado de http://rememberinginlondon.blogspot.com.es/2016/11/sergio-laignelet-y-el-efecto-kuleshov.html







(Remembering in London, November 2016)

SERGIO LAIGNELET AND THE KULESHOV EFFECT
Marta Moreno


“The three little pigs
walk back home
in their shorts”


In 1964 Fletcher Markle interviewed Alfred Hitchcock for the CBS. In this interview the great master explains the Kuleshov effect: how to create suspense just by juxtaposing images. He makes us imagine a middle-aged man in close-up. He’s looking at something. Now the camera shows a mother playing with her child in the park. Back to the man, we can see his reaction to what he’s seeing: he’s smiling like a kindly man. Then Hitchcock suggests that we substitute the mother and the child for a young girl in a bikini. What do we perceive in the man’s smile now? The grin of a pervert.

The Dutch artist Erwin Olaf invites us to peep into two keyholes. In the first one we can see a man in his forties with a little boy on his knees. He caresses his hair while he reads him a story. The scene is unsettling, probably because of the rough quality of the man’s bony hands, which contrast with the infant’s skin. If we look into the second keyhole, we’ll see the same boy sitting on a matronly woman’s lap. She’s doing exactly the same, but her gestures exude warmth and cosiness.

The Colombian poet Sergio Laignelet disturbs us with his “Tales without Fairies”, a collection of poems in which he twists the comforting world of our childhood bedtime stories. In just a few verses, with an amazing economy of words, he manages to awaken our most terrifying nightmares. Sergio starts with the seed of a story in his head. The writing process will be long and agonizing. There will be innumerable versions he’ll submit to the critical eye of his partner Fernanda, witness of the evolution of a long story that finally simmers down to a few words with the effect of a punch in the stomach.


“later on
tied to a bed in a motel room
with the shorts around their ankles
they break into tears

meanwhile
exhausted and out of breath sleeps the wolf”


Finally, Sergio prints the poem and files it away in a folder he made a long time ago with his sister’s riding boots.

Disturbing.

***

Moreno, M. 4 November 2016. Sergio Laignelet and the Kuleshov effect. Remembering in London. Recovered from 
http://rememberinginlondon.blogspot.com.es/2016/11/sergio-laignelet-and-kuleshov-effect.html







(Petah Tikva, Israel, octubre de 2016)

`ANTIFÁBULAS´ A PROPÓSITO DE CUENTOS SIN HADAS DE SERGIO LAIGNELET
José Ben-Kotel


Ciertamente este feliz libro de poemas de SL no es una deconstrucción de las historias clásicas. No es el sentido de esta poesía; sí le da un aire nuevo a la noción que tenemos de estos cuentos-fábulas de una manera amable pero a la vez afilada. El poeta, a sus palabras las usa como a un dardo que da en el centro de las historias que conocíamos y nos las presenta como si fueran otras. Lo son. Las reverberaciones que había de ellas en nosotros, sus antiguos lectores, toman otro aliento, y adquieren una nueva vida.

Con maestría, Laignelet nos pone de lleno en el centro poético al que nos quiere llevar. Nos encontramos frente a un poeta inventor, sin proponérselo, de un nuevo género literario: la antifábula.


Caperucita
con falda corta
en los ojos del lobo

el lobo
con destreza
maniobra su ganzúa
mientras
ruedan manzanas desde la canasta

días después
vuelven al bosque para mantener el cuento (Caperucita Roja p. 11)


Al leer Cuentos sin hadas es como si estuviéramos ante una nueva vertiente literaria que a la vez se emparenta con el absurdo, el surrealismo, la antipoesía y algún otro ‘ismo’ que no recuerdo. Nos lleva el poeta, a otro estadio, a otras revelaciones en estos nuevos textos. Con su libro, Laignelet, nos sitúa, literalmente, en un mundo al revés. Les ofrece otro aire a las fábulas tradicionales, en un juego que orilla con el absurdo, absurdo blanco, que tiene un exquisito humor negro. En su aire liviano podemos emparentarlas con ciertas odas nerudianas, el humor parriano, incluso con la poesía de Uribe Arce, los dos últimos, poetas desmitificadores de la poesía solemne, desmitificación que empezó en la Tercera Residencia de Neruda, y ya en 1922 con el poeta nicaragüense Salomón de la Selva con su El soldado desconocido, un monumento de libro y muy antipoético –en el buen sentido del término. Y ciertamente con la poesía de ‘mundo al revés’ de Goytisolo: Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/ todos los corderos, y con otros poetas y escritores hispanoamericanos que han puesto una impronta de humor en algunos de sus escritos, versos, o poemas. Nuestro poeta, ciertamente, continúa con esa tradición.

Sergio Laignelet por el mero goce se embarca a construir su poética, sin de-construir a poeta y/o cuentista alguno, con una llaneza que deslumbra. Lo lúdico es algo que no es fácil de conseguir y en su esgrima, en su interjuego con estos cuentos clásicos, sale muy bien parado.


El gato se deja de cuentos
y empuña el látigo

suenan cintarazos

acto seguido
el Marqués de Carabás
sin chistar
relame el cuero de sus botas (El gato con botas. p. 16)


El autor le tuerce el cuello al cisne, como lo hicieron tantos poetas de principios del siglo XX, quienes, audazmente querían cambiar el rumbo de la poesía tradicional. Y lo consiguieron. El autor colombiano lo consigue sin aspavientos, fraternalmente, nos arriesgamos a decir. He ahí la diferencia con los ‘revolucionarios’ del pasado: el poeta no hace aspavientos de ‘su’ revolución.


Alicia mancha su vestido de rojo
y piensa que es la muerte

el conejo entra en escena
y la mira con asombro

entretanto
el gato de Cheshire
se desternilla de risa  (Alicia en el país de las maravillas. p.18)


Laignelet es un poeta que desde los mismos cuentos-fábulas se apropia de sus sentidos y nos los da vuelta y al hacerlo nos pone a jugar/gozar con su propio mundo al revés. De la mano de estos poemas entramos a un mundo fabuloso, desconocido para nuestro subconsciente. Eureka: nueva catarsis, para nosotros, atribulados seres del siglo 21.


Cenicienta baila
con el príncipe heredero

el príncipe le susurra al oído
y le echa un cuento

a continuación
una por una
caen del techo
las prendas que viste Cenicienta

finalmente cae un zapato (Cenicienta. p. 32)


He aquí el arte, y el arte y artesanía, de nuestro poeta que maneja la espada de sus palabras a la par de los mejores esgrimistas de nuestra lengua. Sus poemas reverberan en el ojo lector, como el mejor caldo de uvas en barrica de roble.


Suena el silbato
y la liebre deja una estela de humo

corre
da la vuelta a la granja
y se aproxima a la línea de meta

divisa a la tortuga sobre la misma
y da por perdida la carrera

su rival permanece inmóvil (La liebre y la tortuga. P. 54)
           

Coda, casi, final, que no corolario, ni epitafio, porque aún hay mucho que indagar detrás de las puertas de las páginas de este libro.

Sergio Laignelet continúa con una tradición y a la vez le da otro impulso a ésta al trastocar el sentido original de estos cuentos y fábulas con donaire lúdico, muy lúcido, y también trágico,  


El pequeño pato inclina la cabeza
sobre la superficie del lago
y se contempla

un eco de risotadas apresa su mente

palidece
temblequea

cuenta hasta tres
y se zambulle hasta el fondo
con una piedra atada a su cuerpo (El patito feo. p. 36)


que no obstante tiene una seriedad inapelable, por lo que nos los torna, podríamos aventurar, más de vanguardia.

En su poesía hay un salto adelante, pero no al vacío.

A lo surreal lo vuelve tremendamente real al darle otra connotación a esos cuentos que han moldeado nuestro devenir. Nos ofrece una sonrisa cómplice y con ello nos reafirma que el arte, hecho en buena y bella forma, nos faculta e invita a ser mejores. Es una poesía que connota; ése es el quid, y el mérito, del creador de Cuentos sin hadas: son poemas que le dan un nuevo fin, lúdico, a fábulas y cuentos tradicionales –en un juego intertextual amable, o si mejor lo queremos, de semejanzas– sin quitarles ‘un punto de la verdad’ (casi) –en postulado de Cervantes– a éstos, dándoles un giro que los hace más paradójicos, más paradigmáticos.


Solos
en el bosque
hallan la casa de chocolate

Gretel se embadurna toda
Hansel
no le quita la mirada de encima

y en silencio
se muerde la lengua (Hansel y Gretel. p. 47)


En estas antifábulas laigneletianas hay pura poesía, o si lo quiere el ‘Desocupado lector’… poesía pura. Es una poesía lúdica y lúcida, que enternece y a la vez nos hace pensar en el absurdo de los humanos seres y sus cosas. Poemas alados, que tienen su propio vuelo. No hay sátira en Cuentos sin hadas, sí un guiño al lector. Después de su lectura hay catarsis, sacro fin de todo escritor. Este breve y profundo juego al alimón que hace SL en su reescritura y re-lectura de los cuentos de toda la vida, le hace bien a la literatura, y por ende al lector.







(Literariedad, Bogotá, julio de 2016)

CUENTOS SIN HADAS O LA FABULACIÓN TRANSGRESORA DE SERGIO LAIGNELET
Samir Delgado


LEER un poema de Sergio Laignelet en un auditorio con público de todas las edades tiene consecuencias imprevisibles: de la sorpresa inaudita a la risa catártica. Nunca se sabe realmente lo que pasará en el orden establecido de las butacas oficiales al instante en que Caperucita, Pinocho y el Gato con botas crucen la platea en la versión deconstruida de sus cuentos por este poeta colombiano residente en Madrid.

Así ocurrió en las dos ocasiones que visitó como autor invitado el Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas que celebramos cada invierno en las Islas Canarias. Su repertorio de poemas puestos en escena con su peculiar halo de malditismo equivale a una fabulación transgresora de las leyendas infantiles que conforman el imaginario contemporáneo que nos legó la tradición. Y no tardó en publicarse en nuestra primera tirada de libros poéticos su formidable “Cuentos sin hadas” (2010) que no dejará a nadie indiferente sobre la faz de la tierra.

No hay escapatoria para el lector de cualquier latitud cuando acometa un vistazo a los libros de Sergio Laignelet: el cóctel explosivo que alborota aquellas narraciones sobre patitos feos y cenicientas dejará impresa la huella profunda de la ironía más sutil en su retina. Y es que, el poeta desde su condición de paseante por las galerías donde reside lo arquetípico revisará con un desbordamiento imaginativo, sin moralina gratuita y con erotismo despampanante, aquellos filosofemas civilizatorios que campan a sus anchas por los reductos del inconsciente colectivo.

Parece que con cada poema suyo nos vamos adentrando a toda velocidad, sin freno posible, en un parque de atracciones donde los personajes clásicos, archiconocidos por el ciudadano de a pie, habitan un performance hiperreal, un universo propio libre de cualquier inhibición y verdaderamente desternillante. Sus cuentos sin hadas suponen un hallazgo literario para la reclamación de otra mirada posible y distinta sobre el corpus doctrinal de la herencia del pasado que adquiere, en su trasvase poético con bisturís, un lirismo seductor que embelesa, engancha a la primera por la fuerza hechizante de su originalidad.

En el caso excepcional de Sergio Laignelet, no encontramos una poética del yo metafísico con lenguajes enrevesados de floritura existencial. Y tampoco una redundancia en las facturas literarias del orbe posmoderno con sensiblerías confesionales. Su potencial creativo es de plena actualidad, pero va al hueso duro del mito, por la vía rápida accede a la esencialidad que constituye la base de las propias relaciones humanas en el capitalismo tardío. Comprometido con su tiempo no tiene la necesidad de transitar el panfleto de la denuncia social, le bastará solamente con dar un plumazo deconstructivo a la propia función pedagógica de los cuentos infantiles- desde Perrault a los Hermanos Grimm-, dejando a la vista el juego virtual de espejos de la sociedad de consumo y el imperio de los mass media que condicionan el andamiaje estructural del homo economicus en este nuevo siglo.

De su obra publicada en Bogotá, “Malas lenguas” (2005), reconoceremos inmediatamente el germen demiúrgico de Laignelet: la óptica del poeta que desintegra los presupuestos racionales y ofrecerá a la carta un carnaval de máscaras con referencias universales donde la transgresión reinventa sentidos liberadores. En toda su producción literaria, aparecida en revistas impresas y publicaciones digitales, gravita una misma obsesión por un lenguaje conciso, lúdico y esencial que reconcentra en sí mismo toda la savia de su cosmovisión postwaltdisney. Al igual que los griegos, cuando redujeron a átomos el divino olimpo, Laignelet desmitifica los dibujos animados dándoles al Mago Merlín, Blancanieves o Guillermo Tell un soplo de vida fecundo y alternativo que desgrana las contradicciones y problemáticas del hoy en la aldea global.

Tras su paso por las islas, queda el regusto de una espera permanente por su retorno, sabemos que lleva entre manos una larga y cuidada antología de poesía sobre gatos “Gatimonio: poemas de gatos de autores hispanoamericanos” (Lebas, 2013)- y lidia con los personajes del circo para su nuevo filón literario, así que celebramos con estas palabras el hecho de que su libro “Cuentos sin hadas” viera por primera vez la luz en este archipiélago, tan nuestro como suyo, de mitos y turistas.

***

Delgado, S. 2 de julio de 2016. Cuentos sin hadas o la fabulación transgresora de Sergio Laignelet. Literariedad. 
Recuperado de https://literariedad.co/2016/07/02/cuentos-sin-hadas-o-la-fabulacion-transgresora-de-sergio-laignelet/







(Diario Co Latino, Suplemeto Tres Mil | 3000, San Salvador, enero de 2016)

VERSIONES Y PERVERSIONES DE SERGIO LAIGNELET


Sergio Laignelet nació en Bogotá en 1969. Reside en Madrid desde el invierno del 2000. Su obra es una de las más singulares de la poesía colombiana contemporánea. En su ejercicio de reescritura de referentes universales altera los modelos socioculturales atravesándolos con su lengua afilada, desvelando perversiones y tabúes. De este modo, con un lenguaje preciso y sustancial le da una vuelta de tuerca a los cuentos de hadas clásicos, a los relatos bÍblicos y a otras historias cuyos protagonistas forman parte de la cultura popular, en unos poemas que tienen como denominador común la agudeza sarcástica, la parodia y el humor negro.

***

16 de enero de 2016. Versiones y perversiones de Sergio Laignelet. Diario Co Latino, Suplemento Tres Mil |3000. 
Recuperado de http://www.diariocolatino.com/versiones-y-perversiones-de-sergio-laignelet/







(Maison de l’Amerique Latine, París, 2015)

CUENTOS AL REVÉS
Rémy Durand


Sergio Laignelet se inscribe en la corriente de Philippe Dumas, Boris Moissard, Joëlle Pétillot, Angela Carter, Margaret Atwood, Anne Sexton y Robert Coover, y nos ofrece versiones “deconstruidas” de los cuentos de hadas clásicos en unos poemas marcados por el sarcasmo y el humor negro.
Con una certera economía de palabras, el poeta colombiano pone patas arriba las historias de los cuentos populares; y de la forma más discreta posible “desvía” a los personajes de esos relatos a otros escenarios sobradamente perversos, como si no quisiera molestarlos…








(Maison de l’Amerique Latine, Paris, 2015)

CONTES À L’ENVERS 

Rémy Durand

« Dans la mouvance d’un Philippe Dumas, Boris Moissard, Joëlle Pétillot, Angela Carter, Margaret Atwood, Anne Sexton et Robert Coover, Sergio Laignelet nous offre ces « contes défaits », avec une belle délectation retenue.
Sa poésie s’inscrit dans l’humour noir et le cynisme. Ces contes, bien connus de tous, il sait les mettre sens dessus dessous, avec une économie de mots qui va de pair avec sa discrétion à les « détourner », dans une mise en scène assez perverse d’humour très noir, comme ça, sans avoir l’air d’y toucher… »







(Revista Víacuarenta, Nº. 20-21, Barranquilla, segundo semestre de 2015)

CUENTOS AL REVÉS DE SERGIO LAIGNELET
Gabriel Saad 


El trabajo del poeta colombiano Sergio Laignelet, autor de Cuentos sin hadas, se inscribe en una prestigiosa tradición literaria. Podría incluso decirse que así nació la literatura: de la reescritura. La tragedia ática lo hizo a partir de los relatos homéricos y otro tanto hizo Rabelais, aunque tomó cierta distancia, cuando relató las guerras picrocolinas. Ya en nuestro tiempo, James Joyce transportó a Ulises a Dublín. Así es cómo de lo antiguo surge lo nuevo. Pero Laignelet va más allá en la innovación, porque, primera originalidad, transforma cuentos en poesía (salvo cuando La Fontaine remplaza a Esopo, aquí o allá). También introduce, segunda originalidad, la paradoja (Aladino y la lámpara maravillosa) y el humor, que puede ser chirriante (Los tres cerditos, El patito feo). Estos Cuentos sin hadas no son, pues, cuentos para niños, sino poesías para el niño que se ha vuelto adulto y que puede, por lo tanto, contemplar los cuentos de su infancia con una mirada irónica, desprendida. El placer de la lectura es doble, porque a la calidad de las poesías se suma la excelente traducción al francés de Rémy Durand. Lo que prueba, una vez más, que nadie puede improvisarse traductor literario. Sólo se llega a serlo al cabo de un largo trajinar.







(Maison de l’Amerique Latine, París, 2015)

CONTES À L’ENVERS DE SERGIO LAIGNELET
Gabriel Saad 

« Le travail du poète colombien Sergio Laignelet, auteur de Contes à l’envers, s’inscrit dans une prestigieuse tradition littéraire. On pourrait même dire que la littérature est ainsi née : par la réécriture. Les tragédiens l’ont fait avec les récits d’Homère, Rabelais en fit autant, mais en prenant quelque distance, lorsqu’il nous raconta les Guerres picrocholines. Plus près de nous, James Joyce transporta Ulysse à Dublin. C’est ainsi que de l’ancien naît le nouveau. Mais Laignelet innove, en même temps, ce qui signe son originalité. Il puise, certes, dans notre mémoire, celle de notre enfance, la matière de sa réécriture. Or, première originalité, il transforme les contes en poésies (sauf lorsque La Fontaine est venu remplacer Esope, ici ou là). Et il introduit, deuxième originalité, le paradoxe (Aladdin et la lampe merveilleuse) et l’humour qui, par la même occasion, devient parfois grinçant (Les trois petits cochons, Le vilain petit canard). Ces Contes à l’envers ne sont donc point des contes pour enfants mais des poésies pour l’enfant devenu adulte, capable de jeter sur son enfance un regard ironique, détaché. Le plaisir de la lecture est ici redoublé par l’excellente traduction de Rémy Durand. Preuve, encore une fois, qu’on ne s’improvise pas traducteur : on le devient au bout d’un long chemin. »







(Periódico El Popular, Lima, 1 de febrero de 2014 [publicado parcialmente])

GATIMONIO: testimonio de amor a los gatos
Jorge Ita Gómez


El poeta colombiano Sergio Laignelet (Bogotá, 1969), residente en Madrid desde el año 2000, acaba de firmar para la posteridad su testimonio de amor a la poesía y a los gatos, en Gatimonio (Lebas, 2013), significativo aporte a las letras de habla hispana, en bella y pulcra edición.

Laignelet, reúne 177 poemas de 99 autores hispanoamericanos, entre los que figuran los poetas peruanos César Atahualpa Rodríguez, Arturo Corcuera, Luis La Hoz, Armando Arteaga, Eduardo Chirinos, Antonio Cisneros, Américo Ferrari, Carlos López Degregori, Roger Santiváñez, Rocío Silva-Santisteban, José Watanabe y Miguel Ángel Zapata.

Complementan la lista de antologados, poetas de otras latitudes como Óscar Hahn, Ernesto Cardenal, José Emilio Pacheco, Carlos Martínez Rivas, Homero Aridjis, José Carlos Becerra, Andrés Eloy Blanco, Jorge Luis Borges, León de Greiff, Eliseo Diego, José Lezama Lima, Alberto Girri, Enrique Lihn, Olga Orozco, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jaime Sabines, Ida Vitale, José Juan Tablada, Jorge Teillier, Gabriel Zaid, Raúl Zurita, entre otros.

Conocido es el encanto que sentían los poetas Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Charles Bukowski y tantos otros más por los gatos, esos nobles animalitos del Señor satanizados en muchas leyendas urbanas como otrora en el imaginario medieval creían ver en él a la encarnación del mismísimo Lucifer, cuando en realidad abonan, como vemos, tantísima más ternura, haciendo derroche de misterio y sensualidad con prosa sobre la marcha.

El gato (Miw) ejerce como su electrizante cola agazapada sobre quien lo contempla cierta fascinación perturbadora, símbolo del poder (diosa gata Bastet) en el antiguo Egipto, se le atribuye siete vidas y se le compara también con un tigre doméstico en miniatura rozándonos al paso con terquedad y ternura obsesiva su elástico lomo el pantalón.

Como que todos son pardos en la noche, se ha consagrado igualmente en el almanaque a agosto como el mes de estos felinos no por una creencia mística, sino más bien científica: “poliéstrico estacional”, le llaman, al mes de celos e intensos correteos y maullidos perturbadores por todos los tejados. Incluso hay una canción en inglés titulada The Year Of The Cat, que también popularizó en el ámbito hispano en la década de los ’80, el músico, cantante y compositor británico nacido en Glasgow-Escocia, Al Stewart.        

En San Luis de Cañete (sur de Lima-Perú) desde hace 19 años todos los 21 de setiembre se realiza la polémica festividad de Santa Ifigenia, llamada también el “Festival del Curruñao” o “Fiesta del Gato” en honor a esta Virgen negra, patrona de las artes de los afrodescendientes peruanos, cuya gastronomía cuenta como principal atractivo con los diversos platillos preparados con carne de gato (guiso y chicharrón, principalmente), hoy penado y prohibido definitivamente por la Ley de protección a los animales.

Verdad o no aquello de que hay mucho misterio y tanta belleza como gato encerrado en la poesía desde el origen de los tiempos, solo queda tirar del gatillo y desentrañar ese enigma secular leyendo con devoción y placer esta magnífica antología gatuna a la luz de la Luna, entre ron(roneos), agudos maullidos y g(r)ata compañía.







(Periódico El Mercurio, Artes y Letras, Revista de Libros, Santiago de Chile, domingo 5 de enero de 2014)

GATIMONIO O EL LIBRO DE LOS GATOS IMAGINARIOS
Óscar Hahn


De los numerosos textos literarios que existen acerca de los gatos, el más conocido es el cuento de Edgar Allan Poe “El gato negro”. El pasado agosto, mes de los mininos, se cumplieron 170 años desde que fuera publicado por la revista norteamericana Saturday Evening Post. Difícil olvidar la imagen final, en la que aparece el cadáver de una mujer emparedada de pie, con el diabólico felino agazapado arriba de su cabeza. Así culmina esta escalofriante metáfora de la culpabilidad.

Emblemáticos son también el cuento infantil de Perrault “El gato con botas”, cuya osadía e ingenio me asombraban cuando niño; el poema “Los gatos”, que según Baudelaire “buscan el silencio y el horror de las tinieblas”; el evanescente gato de Cheshire y su sonrisa autónoma, de Alicia en el país de las maravillas; y los juegos verbales de T. S. Eliot en Old Possum Book for Practical Cats, que inspiró la comedia musical Cats.

Todavía tengo en mi memoria la imagen de algo que vi en el Museo de Historia Natural de Chicago. En la sección de Egiptología estaban las predecibles momias que el cine ha resucitado para aterrorizar a muchas generaciones, pero lo que más me llamó la atención fueron unas momias de gatos egipcios. Estos pequeños difuntos, envueltos en vendas, me infundieron una extraña mezcla de miedo, ternura y compasión.

En cuanto a mi experiencia personal, no literaria, si dijera “Yo nunca tuve gatos”, esta declaración sería falsa y verdadera a la vez. Si en ella la palabra “gatos” se refiere a la subespecie de mamíferos, es falsa; si se refiere al animalito macho, es verdadera. No tuve gatos, pero tuve gatas. Hembras. La primera a los 6 años. La llamé Coneja, porque había nacido sin cola. La segunda, ya adulto, fue la gata siamesa Michelle, bautizada así en homenaje a los Beatles. Y por último, en Iowa, la regalona y cariñosa Cuchita, a la que tuve que dar en adopción porque le producía ataques de asma a mi hija Constanza. Sus lastimeros maullidos y su triste mirada en el momento de la despedida no los olvidaré jamás.

He recordado todo esto a raíz de la publicación de una antología que acaba de aparecer en Madrid con el nombre de Gatimonio (Lebas, 2013) y que también podría titularse “El libro de los gatos imaginarios”. Son poemas de 99 autores hispanoamericanos, reunidos por el poeta colombiano Sergio Laignelet. No dispongo de espacio para hablar de todos ellos, así que me detendré en unos pocos. Por ejemplo, en el notable poema de Juan Luis Martínez “La probable e improbable desaparición de un gato por extravío de su propia porcelana”, en el que la porcelana reflexiona y está tan viva como cualquier animalito real. O en el sentimental y nostálgico “A un gato que no volvió”, de Eliseo Diego, felino negro que se marchó con una gata blanca. O en el soneto “A la muerte de un gato de Manhattan”, de Enrique Lihn, inspirado en el deceso de Athinulis, un genuino micifuz doméstico (y no un selvático tigre en miniatura), cuyo dueño era su amigo y traductor al griego Rigas Kappatos. O en los versos de Olga Orozco dedicados a una gata suya que la acompañó 15 años, por su “sabiduría para excavar la noche y descubrir sus presas y trampas”. También habría que mencionar “Pussykatten”, de Nicanor Parra, una elegía a un gato que enfrenta la vejez y que “ahora se lo pasa/ acurrucado cerca del brasero” donde hasta las ratas se atreven a morderle la cola. Y el poema en prosa “Gato loco”, de Jaime Sabines, cuyo regalón no era un insano como él creía, sino que rondaba por las habitaciones toda la noche, a la caza de “fantasmas, malas vibraciones y extraterrestres”.

Mark Twain sostenía que la cruza entre gatos y seres humanos mejoraría a los humanos, pero perjudicaría a los gatos. Después de leer muchas de las cosas que se escriben en las redes sociales, la verdad es que uno se siente inclinado a darle la razón a Mark Twain y a ensayar algunos maullidos. Por si acaso, digo yo.

***

Óscar, H. 5 de enero de 2014. El libro de los gatos imaginarios. El Mercurio, Artes y Letras, Revista de libros. Recuperado de 
http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=05-01-2014%200:00:00&SupplementId=0&BodyID=6&PaginaId=14

Óscar, H. (?). El libro de los gatos imaginarios. Letras.s5.com, proyecto patrimonio. Recuperado de http://letras.s5.com/ohah100116.html







(Revista Víacuarenta, Nº. 16-17, Barranquilla, segundo semestre de 2013)

GATIMONIO: POEMAS QUE RASGUÑAN
Samuel Serrano S.


Íntimamente ligado al hombre y al mismo tiempo independiente en sus acciones, quizás ningún animal resulta tan difícil de definir como ese felino mezcla de tigre y perro que llamamos gato. El tigre nos deslumbra por su fortaleza y elegancia, el perro nos conmueve por su apego y lealtad, pero el gato es un animal ambiguo; cuando está en casa y pretende obtener algo de su amo se comporta como un minino zalamero, pero al salir a la calle y echarse a vagabundear por los tejados se torna de inmediato en un sagaz aventurero que olvida los reclamos de su dueño y arroja su cariño por la borda. Quizás sea la personalidad ambivalente de este felino que lo convierte en un mesurado Dr. Jekyll durante el día y un libertino Mr. Hyde durante la noche la que tanto ha fascinado a los poetas que han disfrutado observando sus acciones y realizando su retrato en claros versos. Sergio Laignelet, poeta colombiano ejercitado en el arte de remover las hadas de los cuentos para dotarlos de un  nuevo vuelo, ha rastreado y compilado en la antología poética Gatimonio la presencia del gato en la imaginación y los sueños de cerca de un centenar de poetas hispanoamericanos de todas las tendencias y periodos.

Desde Beppo, el gato metafísico de Borges que se contempla en la luna del espejo sin comprender el misterio de los arquetipos y del tiempo, hasta el gato condenado de Raúl Zurita que deja escapar sus siete vidas entre maullidos de amor, hay gatos en esta antología de todos los pelajes y colores, nacidos de las fantasías  y los sueños: gatos verdes, azules o lila, albarrazados de luna o negros de pesadilla que duermen sobre nuestro pecho o visitan planetas como en uno de los poemas de José Acosta que da inicio a este florilegio.

Gatos de color tordo, obsidiana o mimetizados con la sombra, como aquel que orquestó los delirios del huérfano de Baltimore, gatos denicianos, de orejas cónicas que se han vuelto escépticos a fuerza de escucharlo todo, gatos que comen mariposas o se alimentan de moras, gatos que se deslizan por el sueño con la desenvoltura de un gnomo, que se agazapan entre la maleza de jardines malolientes o saltan y acezan chillando sobre el lomo de sus gatas, ardientes fierecillas de deseo que en los versos de López Degregori se convierten en un pequeño animal de alivio y en los de Eduardo Lizalde en una mujer de terciopelo oscuro, misteriosa, negra y seductora como la poesía, como los gatos de Joaquín Giannuzzi que esta noche buscan su lugar en el cosmos y en el corazón de los lectores.







(Revista Ombligo, México, noviembre de 2012)

LAS FRONTERAS DE LA INFANCIA
Margarito Cuéllar


Cuentos sin hadas, del poeta colombiano Sergio Laignelet, más que retomar una tradición, vuelve a ella para desmitificarla y darle otras tonalidades al blanco y al rosa que solían acompañar los sueños de la infancia.

Cómo olvidar que la infancia suele pasar las barreras de la edad adulta con un aire de entrañable mitificación. Los personajes de los cuentos: leídos, escuchados a través de voces cercanas o lejanas, cruzan el puente del futuro con un aire de oralidad que se arraiga en la mente del escucha o lector. Todo es posible en la magia del mundo mítico que, a diferencia de otros sucesos en el viaje que va de la infancia a la adolescencia, y de ahí a la edad adulta, se sumergen en la memoria y raramente salen a flote. El niño-lector-escucha no sólo siente como suyos los escenarios ajenos a la realidad, él mismo es un personaje que vive en carne propia las aventuras y desventuras de que habla la historia de la literatura infantil. Mundos mágicos, ciertamente transformados por el tiempo. Sucesos que en el referente infantil se registraron como naturales y cotidianos.

Los textos que reúne este libro, breves y sustanciales, forman parte de otra didáctica: la de continuar los sueños en otra parte del mundo imaginario. Hechos y escenarios se trasladan a otra época, despiertan en otra dimensión, se nutren de otros juegos. Los personajes conservan el mismo poder, encanto y malestar que los hicieron héroes y villanos en el pasado, aunque de alguna forma la atmósfera que inventaban se ha transformado de manera radical, de tal manera que pudiéramos pensar que la vida imaginaria no es como la pintan.
Personajes fragmentados, escenas en cámara rápida, protagonistas de la mitología popular y de la literatura, de las canciones infantiles y el cine, se reúnen en asamblea convocada por los personajes y las historias de Cuentos sin hadas.

Entre el poema de humor y la fábula, el cuento versificado y el apotegma puntual, los textos de Laignelet nos enseñan que las fronteras de la infancia han sido transgredidas por caperucitas, lobos, piratas, gatos sonrientes, enanos, cenicientas, patitos feos, bestias, príncipes y raras avis del imaginario. Dicen presente en un tiempo en que la realidad se impone de manera apabullante sobre la imaginación, donde el sentido lúdico de la poesía parece ser un convidado de piedra y la solemnidad termina anudándonos la corbata a autores y lectores.







(Bogotá, mayo de 2012)

LO MISMO QUE EL TAO
Olga Malaver


No se puede atraer, no se puede alejar, no se le puede favorecer, no se le puede dañar, no se le puede sobrestimar, no se le puede despreciar, Cuentos sin hadas es un libro equilibrado, preciso, justamente medido.







(La Otra Revista de poesía / Gaceta 53, México D.F., agosto de 2011 y en Aurora Boreal 9, Madrid, mayo de 2011)

CUENTOS SIN HADAS
León Félix Batista


¿En cuál interregno de todo lo que es materia vive un Hada? ¿Dónde no? Complicado responder, por su carácter etéreo, su inasibilidad, pero a la vez la concreción con que viven en leyenda, en el lóbulo temporal -que sobrepasa el tiempo-, en cuentos.

Eso lo supo, de pronto, Laignelet: las Hadas (y los Hados) están en todas partes, sobre todo en tradiciones transmitidas por los libros o por voces. Supo que dicen cosas que significan lo que somos: que manifiestan los submundos de la mente en arquetipos. Y, por tanto, que es posible la reconstrucción del mito a través de torceduras: de una curva de la historia que se cuenta.

Acto de reescritura, de transformación, casi metamorfosis, lo que se da en los actos, que trastornan la integridad del personaje, y por lo tanto la narratividad, complicando los conflictos. Prestidigitación de reformular el mundo: ¿qué tal si Caperucita hubiera sido cazadora y en ese mundo el lobo batallara por su vida? ¿Y si ese mismo lobo intenta, en otro plano, no zamparse los cerditos sino estuprarlos? La Bella Durmiente duerme más después del beso, Alicia vive ahora la maravilla de su menarquia y, cuando Gretel embadurna su cuerpo de chocolate, el deseo más intenso brota en Hansel…

Puede pensarse entonces en Sergio Laignelet como un Hefesto contemporáneo, fraguando nuevos mundos con materia trabajada, para hacerla delirante.

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Batista, L.F. 14 de agosto de 2011. Cuentos sin hadas. La Otra. 
Recuperado de http://www.laotrarevista.com/2011/08/sergio-laignelet-bogota-1969/

Batista, L.F. Mayo de 2011. Cuentos sin hadas. Aurora Boreal. 
Recuperado de http://www.auroraboreal.net/literatura/libros/814-cuentos-sin-hadas







(Bogotá, 2011)

CIRCO LAIGNELET
Ramón Cote Baraibar


Con tan sólo un par de libros de poemas publicados, Sergio Laignelet (Colombia, 1969) le ha mostrado a sus lectores lo mucho que puede dar entregándoles tan poco, pues él ha sabido dosificar su decir en breves poemas que tienen como denominador común una fina inteligencia, una afilada sutileza y un gran manejo de la precisión.

Para ello ha optado, como si de la decoración de un teatrino se tratara, por unos textos armados con muy pocos pero temibles elementos, escogidos con gran exactitud, porque sabe que es allí donde puede dar lo mejor. Alejado de las confesiones, de las descripciones, de la grandilocuencia, de las hipérboles y del andamiaje retórico al que nos tiene acostumbrada cierta clase de poesía, Laignelet por su lado ha preferido hablar de los otros para dejar como de soslayo la impronta de sí mismo, tal como se advierte en su más reciente libro, Cuentos sin hadas, donde hace un repaso minucioso y ciertamente cruel de las historias infantiles, para volver a esas historias originales en otras historias de naturaleza distinta, en las que la perversidad alcanza a ser considerada como una de las bellas artes.

Se ha dicho que la sutileza es uno de sus escalpelos preferidos, y no ha sido gratuita esa mención, toda vez que Laignelet nos vuelve a deslumbrar con estos poemas sobre el circo, asunto que ha interesado a grandes pintores (Picasso, Monet, Seurat) y a grandes escritores, como es el caso de Ramón Gómez de la Serna, quien le dedicara en su totalidad uno de sus libros más entrañables. No me resisto a citar algunos de sus apartados: “Todos estamos como en el fondo del lago encantado, en ese salón lleno de luz y pedrerías en que, leyendo los cuentos de niño o yendo al circo, nos hemos sentido no muy lejos de la tierra…. Por entre las cortinas que dan al espectáculo es por donde se ve mejor el centro de la tierra, el otro espacio como interplanetario o cosa por el estilo que es el del circo”.

“Textos insolentemente deliciosos” dice Jorge Ariel Madrazo de los poemas de Cuentos sin hadas. Exacta definición para esta nueva producción de Sergio Laignelet en la que se disfraza en esta oportunidad de presentador de circo, donde no deja títere con cabeza, para emplear una expresión cruenta, sarcástica y perversa que es muy de su cosecha. Son estos poemas de una brevedad escalofriante, donde nuevamente se advierte la lección aprendida no tanto de los haikús japoneses como de los epigramas latinos, pasados por el tamiz de Jose Emilio Pacheco, pero hechos con una voz tan suya que ya son reconocibles a kilómetros de distancia.

Otra cita final –refiriéndose a los magos- del autor de las Greguerías: “Es la broma ejemplar de los sofismas del circo, que adiestra la imaginación y perturba encantadoramente las matemáticas”.

Entonces, queridos lectores de la revista Atlántica: pasen y vean este breve muestrario del Circo Laignelet. No olviden recoger sus cabezas a la salida.







(Casa de América, Madrid, 23 de febrero de 2010)

LAIGNELET ES UN POETA MARCADO POR LA IRONÍA
José Ramón Ripoll


Laignelet es un poeta marcado por la ironía y, en cierta manera, por la distancia. Desde un plano objetivo, atraviesa con su mirada o, mejor decir, con su lengua, la historia, el mito, el cuento con el que nos han tratado de moldear la vida, en un afán de rectificar su curso, deshacer lo andado, reírse del mundo. Así, en formas breves, casi epigramáticas revisita Blancanieves, Caperucira Roja o los Tres Cerditos. El poeta recorre estos mundos sin afán de nada, huyendo de cualquier hazaña y más aún de la grandilocuencia que pueda disparar su aventura.







(Prólogo de Cuentos sin hadas, Islas Canarias, 3 orillas, mayo de 2010)

LAS PERVERSAS CRIATURAS DE SERGIO LAIGNELET
Jorge Ariel Madrazo


“Caperucita / con falda corta / en los ojos del lobo…” Caramba, ¿qué versión es ésta del celebérrimo cuento de Perrault, luego popularizado por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm? Ya al moralizante Perrault se le había ido la mano: el lobo devoraba a la niña, por el solo hecho de que ésta “desafió la prohibición de hablar con desconocidos”.Pero esta nueva vuelta de tuerca de Sergio Laignelet, ¿no es en su regodeo erótico mucho más audaz aún?

Y a qué mentir: casi me sonrojo ante ese Gato con Botas pasado también por el tamiz laigneletano, que enarbolando su látigo ejerce el sadomasoquismo con el pobre Marqués de Carabás, postrado a sus plantas. Por no hablar de lo ocurrido a los Tres Cerditos a manos del Lobo, en cierto motel de cuyo nombre ni quiero acordarme…

Estos textos insolentemente deliciosos de Laignelet me evocaron por su talentoso desparpajo los cantitos no menos perversos de Edward Gorey, quien en su Alfabeto macabro −pero no sólo allí− pergeñó fabulitas y dibujos maravillosos que se engolosinaban con los destinos trágicos de veintiséis criaturas, cuyos nombres comenzaban con cada una de las letras del alfabeto inglés.

Todos aquellos que disfruten con estos toques de espléndido sadismo recordarán asimismo los cuentos de Saki (Héctor Hugh Munro), empeñados en hilvanar situaciones cuyo absurdo lindaba con la paradoja y el horror más refinados.

Y bien: tan refrescante maná de un placer sibarítico-literario, que como se dijo había arañado ya un clímax nada apto para niños en algunos de los cuentos de los hermanos Grimm, volvió a perfumar mis sentidos cuando abordé la lectura, deparadora de un goce ligeramente “maldito”, de estos poemas brotados de la pluma, y del alma irreverente, de Sergio Laignelet. Que son hasta cierto punto un ejercicio de inquietante nonsense, pero sobre todo una muy creativa demostración de maestría para “traicionar” y al mismo tiempo, rendir conmovedor homenaje, a las consejas y cuentos tan inocentes como escandalosos que jalonaron nuestra niñez.

Adelante, pues, los audaces, y a no asustarse ni con ese Barba Azul que duerme impertérrito junto a quien fue su esposa, ni con la Sirenita degollada y descamada, nada menos, por el inescrupuloso Capitán. El placer y el goce aguardan a quienes osen recorrer estas páginas. Al principio y al final de ellas aguarda un poeta que aun en textos tan breves y concentrados logra −como ocurre con los buenos licores−arribar a la quinta esencia de la palabra justa y de ese toque de magia sin el cual ni la vida, ni la literatura, merecerían existir.







(Prólogo de Malas lenguas, Bogotá, ícono editorial, octubre de 2005)

DE LAS LENGUAS ABSUELTAS
Juan Manuel Roca


Una lengua absuelta, sin pensar mucho en la expresión de Elías Canetti, puede ser aquella que sin ser bífida no se niega ni a la miel ni a la cicuta. Algo de esto encuentro en los poemas de este libro de Sergio Laignelet, titulado de manera provocadora Malas lenguas. A veces es la suya una lengua ávida de las dulzuras del amor, a veces proclive a saborear un recetario de venenos.

La brevedad de estos poemas, que tienen más cercanía con los epigramas, Catulo o Marcial como mascarones de proa, que con los haikus orientales, Basho en la popa, atiende a buscar esencias en cada una de las palabras atrapadas, a develar un mundo oculto bajo las capas de las buenas maneras.

Entre un Eros desacralizado y una ironía que a veces recompone desde una pérfida mirada a los cuentos infantiles, donde Caperucita Roja y el Lobo Feroz pueden ser una suerte de Bonny and Clyde con la coartada de un bosque, Sergio Laignelet se ubica en el centro dando dobles y mandobles al lector.

En todo esto, como en una atmósfera chaplinesca, el poeta se saca la lengua frente a un espejo, para que la burla del otro no excluya la de sí mismo. Pero antes de ejercer esa burla nos advierte al desgaire que "una de las triquiñuelas del diablo / es pintarse la cara de payaso". Es el mismo diablo, que no un demonio del mediodía si nos atenemos a la juventud de Laignelet, el que lo instiga al paso de un cortejo de Lolitas, y ya sabemos que la díscola muchacha de Nabokov era diestra en el arte de corromper a los mayores.

Poemas como "Extranjero", que es una pequeña bitácora de un trasterrado, o como su monólogo de Judas Iscariote, se entreverán a una visión despojada y ascética. La suma de paisajes y soledades y evocaciones de su ciudad, Bogotá, con su cerro tutelar dormido como un gato, termina por seducirnos para hacernos compartir una lengua desenfadada.

Hay un equipaje de lecturas y emociones previo a la escritura de este libro, mucha malicia o pericia en el lenguaje, una paciencia de relojero y ningún afán por buscar a todo trance sus lectores. No es pues una escritura precoz, si consideramos que esta ópera prima le llega como si siguiera la sabia premisa de Cervantes: "Por la calle del Ya voy se va a la casa del Nunca"

Malas lenguas contra los falsos pudores, Malas lenguas contra el tedio y los espejismos de una falsa felicidad que vive embarcándose en algunos cruceros por el mundo, Malas lenguas contra los satisfechos, el libro de Sergio Laignelet, desde su tono asordinado y desde una andadura a contravía, nos invita a una lectura riesgosa, de ninguna manera complaciente.






Sergio Laignelet
Sergio Laignelet


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